
Aziz Ahmad es un joven afgano de 19 años y conoce todo lo que se quiera saber sobre sostenes. Desde cuál aguanta más, hasta cuál resulta más cómodo, o cuál es el último grito en Afganistán. Desde hace tres años vende esta prenda íntima femenina en un mercado callejero en la ciudad de Herat, en el oeste del país. Como él, hay muchos comerciantes más. Todos varones. La acera está plagada de tenderetes con sostenes de los todos los colores, modelos y tallas imaginables.
"En Afganistán no hay mujeres que se dediquen al comercio, así que no nos toca más remedio que vender los sujetadores nosotros", argumenta Shir Ahmad, otro afgano que desde hace media década se gana la vida con la venta de esta delicada prenda en un país donde a menudo a los hombres ni tan sólo se les permite ver el rostro a las mujeres. Paradójicamente, en cambio, pueden saber qué ropa visten en sus partes más íntimas.
"Ya están acostumbradas", afirman ellos. Ellas, sin embargo, no parecen tan convencidas. "Yo siempre le pido a mi marido que vaya él a comprarme los sostenes", afirma Masooma, que viste un velo negro desde la cabeza hasta los pies que impide apreciar las formas de su cuerpo. La joven confiesa que siente rubor de que un desconocido sepa con qué ella mantiene erguidos sus pechos. "Realmente esto está muy mal. Tendría que haber tiendas regentadas por mujeres", opina, mientras detalla todos los pormenores que supone que su esposo se encargue de hacer este tipo de compras. "Siempre se equivoca y me trae sujetadores de tallas demasiado grandes, y después tiene que ir a cambiarlos".
Otra afgana que no quiere decir su nombre asegura, en cambio, que ella no tiene ningún reparo de ir al mercado a adquirir esta prenda íntima. La razón es obvia. Viste un burqa que tapa su cuerpo por completo, incluida la cara, y sus ojos es lo único que se intuye a través de la rejilla. "Para algo bueno tiene que servir el burqa", declara.
Sea quien sea quien compre los sostenes, lo que es evidente es que ahora dicha prenda se ha puesto en boga. Tan sólo hay que oír a los comerciantes, que aseguran que ahora se ganan mucho mejor la vida que durante la época de los talibán. "Antes se vendían los sujetadores de algodón, en cambio ahora, las mujeres piden puntillas y modelos más trabajados", expone Shir Ahmad. De hecho, no hace falta que dé más detalles. Un vistazo a su tenderete lo deja claro. Sostenes rígidos y con relleno –para exhibir un pecho más esbelto-, decorados con bordados, y colores llamativos son los que más predominan.
Los sujetadores de color rojo son los más solicitados entre las mujeres de las zonas rurales, continúa explicando el vendedor. Mientras las de ciudad se decantan por colores más sobrios: blanco y negro. La última moda son sostenes con forma de corsé, añade. "Vienen de Irán", precisa. El resto, como no, están fabricados en la vecina China.
El año pasado se inauguró en Kabul, la capital de Afganistán, un pequeño centro comercial en el que todas las tiendas las regentan mujeres. Algo tan sumamente normal en Occidente, allí se vivió como una bocanada de libertad. El centro, como no podía ser menos, se bautizó con el nombre de 'El Mundo de las mujeres', y los varones tienen completamente prohibida la entrada.
Sin duda las afganas desearían que hubiera centros comerciales como ése en todas las ciudades del país para que, como ellas dicen, "los hombres no controlen hasta las bragas que nos ponemos".

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